Bruselas lanza la reforma más ambiciosa del euro desde su entrada en vigor

Es posible que el 6
de diciembre de 2017 sea recordado como el día en el que la Comisión
Europea se atrevió a dar el impulso definitivo al euro, que
llegó a los ciudadanos el 1 de enero de 2002. Hay revoluciones
disfrazadas de evoluciones y ésta puede ser una.

La propuesta presentada es del Colegio de Comisarios de la
Comisión -el día 15 la abordarán los jefes de Estado de la
UE- e incluye la creación de un FMI europeo (FME) a partir del
MEDE, el fondo de rescate actual. También establece varios
instrumentos presupuestarios para salvar a países en dificultades y ayudar a
los que no tienen la moneda única a realizar las reformas necesarias para
acceder al club (ahora son 19 de los 28).Por último, crea
un superministro de Finanzas que presidirá el Eurogrupo y
tendrá rango de vicepresidente de la Comisión.
En
Bruselas, admiten fuentes comunitarias, están hartos de arreglar el
tejado mientras las llamas devoran la casa. Buscan un sistema
antiincendios eficaz que permita parapetarse de cara a la próxima crisis.
«Ha llegado la hora de que tomemos las riendas del
futuro de Europa. El fuerte crecimiento económico actual nos anima a
avanzar para velar por que nuestra Unión Económica y
Monetaria (UEM) esté más unida, sea más eficaz y
democrática y funcione para todos los ciudadanos europeos. El mejor
momento para hacer obras es cuando el sol brilla», recalcó el presidente
del Ejecutivo, Jean-Claude Juncker.

 El veterano luxemburgués, europeísta convencido
y convincente, se juega su legado y ha lanzando un órdago a mayor a
una Alemania desorientada como nunca, sin saber muy bien como Merkel
resolverá el sudoku para poder gobernar. Junto a Berlín está el
grupo de sospechosos habituales, sobre todo una Holanda que jugó con
fuego en las últimas elecciones y no está dispuesta a entrar en
aventuras raras en la UE para alimentar a los eurófobos.
Esto es, los países acreedores siguen teniendo una
gran alergia a compartir riesgos, transferencias fiscales o garantías en
común. Por contra, París, Roma y Madrid defienden estas propuestas
sin ambages. De hecho, incluso irían mucho más allá, sobre todo el
francés Emmanuel Macron, líder del nuevo europeísmo.


La columna vertebral de la propuesta es implementar el
FME, algo a lo que la gran mayoría de países está a favor. El
diablo, como siempre, está en los
detalles. Bruselas, grosso modo, propone que sea la red de
seguridad de todo el entramado económico financiero. Propone mantener su
capacidad de préstamo en 500.000 millones ampliables y que sea una
institución recogida en los Tratados, a fin de darle carta de naturaleza y
que el Parlamento tenga capacidad de decisión.

El actual MEDE es una herramienta intergubernamental a
merced de las capitales, que no desean ceder esta competencia a la
Comisión. Un Ejecutivo que, además, quiere eliminar la
obligatoriedad de la unanimidad para algunas decisiones y así dejar
avanzar al grueso.


Como objetivos se busca incentivar las reformas
estructurales de los Estados, crear un instrumento de convergencia para
los ocho países fuera del euro -pensando en
el «post-brexit»- y reforzar la unión bancaria. La guinda
será «lograr mantener los niveles de inversión en caso de grandes
choques asimétricos».

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