Europa no hace los deberes ante el drama de los refugiados

Ahora hace dos años que una fotografía
estremeció a buena parte del mundo. La del pequeño Aylan, un
niño kurdo de tres años que murió ahogado en una playa turca cuando su
familia, solicitante de asilo, trataba de llegar a la costa
griega. No era el suyo un caso aislado. Pero Aylan se
convirtió en un símbolo del drama que estaban sufriendo millones de
refugiados, sobre todo de Oriente Próximo, que huían de las
guerras, del hambre y de un enemigo tan peligroso como el Estado
Islámico. Cabe recordar que aquel verano de 2015 se
vivió uno de los momentos más duros del éxodo de migrantes sirios y
de otros países vecinos que intentaban llegar a Europa, lo que
provocó una de las mayores crisis en la UE.
Lejos de estar resuelta, la situación de cientos de
miles de refugiados atrapados a caballo entre Europa y Turquía sigue siendo
desesperada. Pero como el acuerdo suscrito en 2016 entre la UE y
Ankara sí ha logrado que se reduzca considerablemente el número de
migrantes que logran poner sus pies en territorio europeo, los gobiernos
de los Veintiocho miran hacia otro lado y este dramático problema ya no figura
entre las prioridades de la agenda política comunitaria. Hasta el punto de
que prácticamente ninguno de los países de Europa va a cumplir los compromisos
de acogida y de reasentamiento de refugiados que vencen este
próximo 26 de septiembre.
Fruto del mencionado acuerdo entre Bruselas y Ankara, los
Veintiocho aceptaron reubicar a 106.000 migrantes que permanecen en campos
humanitarios de Italia o Grecia, los dos países más afectados por el flujo
de refugiados y absolutamente sobrepasados por esta crisis humanitaria. Pues
bien, de esa cifra -a todas luces baja- sólo se ha reasentado a
poco más de 20.000, lo que constituye no sólo un incumplimiento de
compromisos adquiridos, sino también una auténtica vergüenza en el terreno
político. Apenas un puñado de países han cumplido sus deberes. La
mayoría está muy lejos de hacerlo, con casos tan sangrantes como
España, que de los 17.337 refugiados que le asignó Bruselas
en el reparto de cuotas fijado, sólo ha acogido al 10%. El
secretario de Estado para la Unión Europea, Jorge
Toledo, admitió ayer que resulta «imposible» que
nuestro país satisfaga la demanda de las autoridades
comunitarias, excusándose en la complejidad del proceso, que pasa
antes que nada por la identificación de los beneficiarios del
reasentamiento. Pero a nadie se le escapa que lo que ha faltado en todos
estos meses ha sido auténtica voluntad política.
La canciller alemana, Angela Merkel, lamentaba
en un acto de precampaña que Europa «no haya hecho aún sus
deberes» en cuanto a política de inmigración. Los Veintiocho se
han limitado a poner parches a un asunto de tanta complejidad a través del
vergonzante acuerdo con Turquía o de pactos con las autoridades de Libia para
taponar el flujo de refugiados hacia Grecia. Y, más
recientemente, Europa ha empezado a presionar a países de tránsito de
migrantes subsaharianos, como Níger y Chad, para que se impliquen en
el freno de su avance hacia Europa. Pero, como denuncian las
ONG, las medidas policiales y militares contra las mafias de momento ya
han provocado que los traficantes, acosados en las rutas, abandonen a
su suerte a miles de personas en mitad de la nadas.
Así las cosas, resulta intolerable la falta de
humanidad con la que los Estados de este primer mundo que es Europa abordan el
problema. Pero no cabe esperar más en tanto en cuanto la UE ni siquiera
tenga capacidad para sancionar y ejercer presión sobre aquellos países que
incumplen sus propios compromisos.

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