¿Ha mejorado Bolonia la educación universitaria?

Se cumplen 20 años desde la Declaración de la
Sorbona, suscrita por Francia, Alemania, Italia y Reino
Unido, instando a la creación de un Espacio Europeo de Educación
Superior. Mucho ha llovido en el panorama europeo desde entonces
y, hoy, hasta vemos a uno de los firmantes en trance de salir de la
Unión Europea por decisión soberana de sus ciudadanos. Al menos de esa
decisión no podrá culparse también a la universidad y lo
universitario, pues como es sabido, la Unión Europea no tiene
competencias en materia de educación.
En este proceso, abundante en reuniones y
declaraciones, la más famosa de todas la de Bolonia, vemos las luces
y sombras de un deseo de una Europa unida y sin fronteras para el
conocimiento, la ciencia, las universidades y los
universitarios, en el firme convencimiento de que solo
así podrá recuperar puestos en el panorama internacional una
envejecida Europa, hoy sobrepasada en el ámbito universitario por el
modelo educativo norteamericano y crecientemente amenazada por la pujanza
asiática.
La implementación práctica de los distintos principios y
bases de entendimiento para crear un Espacio Europeo de Educación
Superior, tal y como se promovió en la universidad parisina, se
ha desplegado de muy distinta forma en los diferentes países, que exceden
propiamente hablando de los integrantes de la Unión Europea.
 Por lo que toca a España, distintas reformas
legislativas y la voluntad decidida de la universidad y los universitarios ha
permitido, por ejemplo, hacer
realidad una mayor y creciente movilidad estudiantil a través del exitoso
programa Erasmus. También debemos a Europa y a este proceso una mayor
concienciación en las universidades públicas de algunos posicionamientos que
las privadas tuvimos claros desde nuestros primeros reconocimientos, tales
como la preocupación por la empleabilidad y el contacto vivo con la sociedad a
la que servimos a través de las empresas; o la necesidad de contar con un
sistema de gobernanza más adaptado al mundo actual y no necesariamente basado
en representaciones estamentales más propias del Medievo que de la
posmodernidad.
También la toma de conciencia de que nuestro sistema
universitario debe compararse con los demás a nivel global, de que es
fundamental establecer sistemas de mejora continua o del hecho de que las
universidades, amén de garantizar la universalización del conocimiento a
través de la democratización en el acceso a los estudios superiores, deben
preocuparse también de rendir cuentas, fomentando la transparencia y
eliminando, en la medida que resulte conveniente, la recurrente
endogamia. Todos ellos son efectos benéficos de este proceso de
reconversión universitaria aún inacabado.
 Con todo, el sistema
universitario español, integrado por universidades públicas y
privadas, además de la rara avis que suponen las universidades
concordatarias es, objetivamente, un buen sistema que pese a sus
defectos y carencias ha demostrado no solo la inquietud, sino en buena
medida, la capacidad de integrarse en este nuevo y exigente entorno. Y
aunque no todos nos hemos adaptado al nuevo paradigma a la misma velocidad o
con la misma intensidad, en tanto que sistema, pienso que los
españoles podemos estar orgullosos; y lo estaremos más aún a medida que
los más reticentes, por comodidad o ideología, vayan cediendo a la inapelable
realidad.
Pero el camino no está aún expedito para alcanzar la
universidad que necesitamos, las sombras que planean sobre nosotros
podrían resumirse en tres: la hiperregulación limitante de la autonomía
universitaria, la burocratización de la actividad académica
y, finalmente, los obsoletos sistemas de financiación de la educación
superior.

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